Ese día me levanté temprano, iba al Rodoviario pues viajaba a Santiago a ver a mi pololo de ese entonces. Como no tenía apuro, y el día estaba lindo, me decidí a tomar "La 14" (la micro número 14) que baja desde Esperanza al centro de Valparaíso. Cuando no estoy apurada, y las micros no vienen llenas, me gusta mucho tomarlas, pues al ir éstas más lento, y al ser más altas, la costa se disfruta mejor. Fue entonces a la Altura de Portales, antes de salir a la Avenida España (yo iba en el primer asiento, obviamente al lado de la ventana) cuando la micro paró en el paradero (¿sonó obvio eso?) y se acerca una señora a la puerta, le hablaba desde abajo al chofer. Su tono lastimero me hizo "parar la oreja".....
- Ningún colectivo ha querido pararnos, ¡y la niña se me retuerce del dolor!, si hasta se le rompió la bolsa, yo creo que onde la ven enterá mojá no quieren llevanos.- Yo me acerqué a la ventana para poder verle el rostro a la mujer, y al hacer eso me percaté de que mucho más atrás de ésta, sentada en el suelo y apoyada en una pared, lloraba una niña, que tenía una güatita bien abultada, y cuyos pantalones estaban efectivamente muy mojados. La escena me hizo doler la guata, y tirarle un comentario a la pasajera que iba a mi lado. Ella también estaba pendiente de lo que estaba sucediendo.
- Súbanse no má!!, yo las lleo a la puerta del Hospital!-, dijo el chofer, luego gritó en dirección a la niña -
"Súbase mijita, yo la voy a ayudar" -
- Muévete weón-....le dijo al amigo que iba sentado en el asiento de copiloto que tienen algunas micros. Este amigo se paró como si un resorte se hubiese desprendido del asiento. Se bajó corriendo de la micro, agarró como pudo a la "gordita", y la subió a la micro. La sentó en el asiento que antes ocupaba él. Detrás de ellos, subió la señora (que al parecer era la mamá de la desafortunada niña ) con unas bolsas que me imaginé, llevaban la ropita de guagua. Se veían humildes, muy humildes.
En eso, el amigo del chofer se dirige a nosotros y cual líder organizado, nos grita "las señoras que tengan pañuelos por favor sáquenlos por las ventanas que no vamos a respetar una sola luz roja". Se escuchó un cuchicheo entre el resto de los pasajeros, me di vuelta a observar, efectivamente, la gente buscaba en sus carteras "algo" que sacar por las ventanas.
En ese momento la micro empezó a andar. Una cuadra más adelante estaba la esquina en que saldríamos hacia la Avenida España, al llegar a la intersección efectivamente el chofer no respetó la luz roja, la gente sacó sus pañuelos (bolsas, bufantas, chalecos) por las ventanas y el amigo del chofer, colgado de la puerta gritaba hacia la calle "Emergencia, emergencia, emergencia"....entre bocinazos y garabatos de otros conductores logramos pasar. Yo tenía sentimientos encontrados que no puedo ocultar: Por un lado me sentía ridícula por la situación, me daba mucha risa imaginarme cómo se veía la micro por fuera. Por otro lado, ver a la niña retorcerse del dolor me daba pena, quería darle una mano, pero cualquier consuelo era recibido con rabia por parte de ella, realmente iba sufriendo mucho. Estaba en una de esas situaciones estúpidas que a veces te pasan cuando andas con la regla (uds. mujeres! Obvio), de que miras hacia atrás y te ríes, miras hacia delante y lloras, así iba yo en el bus ese día, riéndome con los ojos llorosos y las manos húmedas de los nervios. Obviamente el recorrido de la 14 pasó a ser el de la 33, y luego el de la "O", y luego el de un trole......ya que subimos por Calle Francia para luego meternos a Colón, donde está el hospital. Cuando íbamos subiendo por Francia, luego de pasar dos luces rojas (Ley de Murphy, todas las luces a excepción de sólo una estuvieron en roja) nos empezó a seguir un carabinero en moto, llegó a la altura de la ventana del chofer y con el brazo le hacía gestos para que parara. En eso, los solidarios pasajeros del lado izquierdo de la micro se asomaron por la ventana y le advirtieron a gritos que llevaban a una mujer que estaba a punto de parir. El "Paco" levantó un poco la cabeza para poder mirar a la niña, luego miró al chofer con cara de "Está bien, pero que conste que yo mando". Nos escoltó un par de cuadras hasta Colón y se fue. ¿Qué le costaba hacerlo hasta el hospital?. Quedaba poco ya, apenas unas cuadras, qué nerviosos íbamos todos. Por fin estábamos a sólo una cuadra antes de la entrada, el chofer dobla y con micro y todo entra y sube hasta la puerta de urgencias. El líder copiloto baja corriendo y no sé cómo en fracción de segundos llegó con una silla de ruedas. EL chofer muy amoroso, ayuda a bajarse a la gordita, ésta va tan dolorida que apenas le agradece, pero él la entiende a la perfección, la madre de ésta hace más por mostrarse agradecida. En eso que bajan a la niña, uno de los pasajeros sentados al fondo de la micro grita muy fuerte, "Invita al bautizo poh mija" y eso crea una risotada general que nos sirve a todos para liberar tensiones.
Obviamente no sólo yo, si no que muchos supongo, tuvimos que tomar otra micro para llegar a nuestros destinos. AL bajarme de la micro tuve unas ganas incontenibles de besar al chofer, pero sólo atiné a decirle "Oiga, usted se pasó" y me bajé.
La de ese día fue una enorme lección para mí, una lección que habla de ser compasivo con el prójimo, de ayudarlo dentro de tus posibilidades, de hacer algo por cambiar este mundo que a veces se torna frío y superficial. Ese día, del que ya casi ha pasado un año, lo llevo realmente en el corazón como una bonita lección. Por este medio le digo a ese chofer, a ese "copilolíder" improvisado, y a esos pasajeros algo "alegóricos", "Dios los Bendiga".